¡Es una amistad muy querida! Nos conocimos cuando teníamos 13 años, durante nuestro primer año de secundaria en la Escuela Normal de Santiago. Habían pasado como unos 25 años sin vernos y volvimos a encontrarnos en un viaje a los Estados Unidos. Una amiga en común me dio su número y conversamos, así nos volvimos a ver y en ese reencuentro me trajo mis lindos aretes de regalo, por nuestra amistad de 65 años. Lo guardé con la esperanza que un día lo pueda encontrar, así como la encontré a ella.
Unas lindas argollas fueron el regalo de cumpleaños de mi esposo. Doy gracias a Dios por bendecirme con un compañero de vida, padre, hijo y amigo incondicional. Treinta y seis años después de nuestro matrimonio, aún somos novios. Mi arete se perdió en un viaje con “mis tesoros”: mi esposo Víctor y mis tres hijos Mariel, Marian y Tito; por primera vez, después de mucho tiempo pudimos reunirnos todos para acompañar a nuestra hija a cumplir su sueño universitario y de paso disfrutar de unas vacaciones. Aunque perdí mi querido arete, fue un gran momento de encuentro para nuestra familia.
Es una de las pocas cosas que pude encontrar de mi abuelita cuando falleció. Solo tengo uno y lo he guardado durante todo este tiempo porque siento que tengo un pedacito de ella aún conmigo.
¡El sueño de toda mi vida es ser una estrella! Pero una estrella que ilumine con sabiduría, que guíe con amor…así que al perder mi “arete estrella” me consuela saber que quizás alguien la encontró y la conserva para contagiarse con la misión de alumbrar el camino de otros.
En búsqueda de un arete que representara espiritualidad y dulzura, a la vez de sentirme bendecida al usarlo; me enamoré de ellos apenas vi la silueta de la Virgen, sentí que me hablaba, que era a ella a quien buscaba.
No pasó mucho tiempo cuando extravié uno de ellos y no es hasta ahora, después de 6 años, que puedo presentarlo como el arete sagrado deseado y extraviado.
Soy hija única, fue un regalo de mi madre, con mucho amor. Fue robado y rescatado posteriormente, lo extravié en un camping en nuestra campiña interiorana. Conservo el collar y el dije que son parte del juego obsequiado por mi madrecita linda que está en el cielo.
El arete pertenecía a mi hermana Mariana, quien falleció el 5 de febrero de 2022. Su hija me regaló varias prendas y las que más usaba, entre ellas, este hermoso par de argollas. Desde el primer momento fuimos inseparables, las usaba a diario. El día de mi cumpleaños, en una clase de aquaerobics se me perdió. Me duele mucho su partida, no por su valor monetario sino porque era parte de ella.
Nada sentimental me unía a él, que no fuera el solo hecho de su atractivo físico. Era uno de mis preferidos, sobre todo, porque portaba una hilera de piedras de mi color favorito, el azul marino. Lo adquirí de una vendedora que ofrecía una joyería totalmente diferente, con diseños exclusivos de muy buen gusto, calidad y durabilidad. Le llegué a comprar varias piezas que hasta hoy conservo.
Un día, en el salón de belleza, me quité los aretes y los guardé en mi bolsillo. Cuando terminaron de atenderme, pensé inmediatamente ponérmelos. Para mi sorpresa, sólo apareció un solo arete, a pesar de que nunca los saqué de mi bolsillo. La dueña del salón, sus colaboradoras y yo, volteamos “patas para arriba” el local, incluso buscamos en los lugares más recónditos y nuestra búsqueda fue totalmente infructuosa. Debo decir que, a la fecha, he buscado en internet para ver si encuentro una pieza similar y no he podido. Ese estilo de joyería es muy particular, de los artesanos de Bucaramanga, Colombia. La verdad es que la pérdida de ese arete fue un gran misterio que me hubiera gustado resolver. A pesar de los años que han pasado, siempre tengo la esperanza de algún día volverlo a encontrar.
Iniciaba mi hija su vida adulta y muy pocas veces compartimos accesorios, porque poseemos estilos diferentes. Este arete hacía juego con un collar que aún conservo. Ella tenía una fiesta y su vestimenta necesitaba un aderezo, llegó a mi joyero y fue directo a ellos. Me lo pidió prestado y claro que se lo presté, no sin antes avisarle que era mi juego favorito.
Me dijo, de las cosas que usas esta es la que me gusta y me combina. Se la presté con gusto. Era la primera vez que coincidíamos en temas de moda. Se lo encomendé y salió feliz. Para ella, fue una gran noche de disfrute. Pasaron varios días y le solicité el juego. Me lo devolvió muy compungida, con un arete menos. No me molesté; sólo grabé el momento en que por segundos coincidimos en un breve encuentro de vanidades. Seguimos teniendo gustos diferentes.